Plástico que desecha el ser humano ya recorre la cadena alimenticia: biólogo


Un pez puede tragarse una bolsa, un fragmento de botella o cualquier otro residuo plástico que encuentre en el mar. La imagen puede resultar desagradable y hasta difícil de creer, pero el problema va mucho más allá, de acuerdo con el biólogo Carlos Martínez Perea, reconocido por realizar gran parte de su trabajo en las costas colimenses, particularmente en El Paraíso, en Armería: “Una parte de lo que arrojamos al ambiente puede terminar regresando a nosotros a través de los alimentos que consumimos”.

En una entrevista, explicó que la contaminación que llega al océano tiene una parte visible y otra que resulta prácticamente imposible de detectar a simple vista. En esa última se encuentran sustancias como herbicidas, nutrientes y otros agroquímicos que son arrastrados por el agua hasta ríos y posteriormente al mar. “Eso no se ve, pero va en el agua”, señaló.

El problema es que algunos de esos productos contienen metales pesados que pueden acumularse en los organismos y avanzar por la cadena alimenticia. Primero llegan a las microalgas, organismos microscópicos que forman parte de la base de numerosas cadenas alimenticias marinas; después son consumidas por pequeños crustáceos y peces, que a su vez son alimento de especies más grandes. La concentración puede continuar aumentando conforme se avanza en la cadena, hasta que llega a la mesa.

El mismo pez que se alimentó de organismos contaminados puede terminar convertido en filete, en una preparación de mariscos o dentro de una lata de atún. “Todo eso que yo tiré a la basura o que aproveché para aventar al río cuando estaba lloviendo, regresa a mí. No lo veo, pero regresa en forma de mi alimento”, advirtió Martínez Perea.

Los residuos plásticos visibles como botellas, bolsas, zapatos, llantas y prácticamente todo tipo de productos elaborados con plástico o caucho pueden terminar en ríos, arroyos y finalmente en el océano. Con el paso del tiempo, la exposición al sol, el desgaste y la fricción provocan que estos materiales se fragmenten en partículas cada vez más pequeñas. Los llamados microplásticos.

El biólogo explicó que esas diminutas partículas pueden ser ingeridas por organismos microscópicos y posteriormente pasar de una especie a otra conforme avanzan por la cadena alimenticia. “Se la come un organismo microscópico, como no le sirve de nada, lo acumula. Luego sigue en esta cadena trófica, el siguiente también lo acumula, lo acumula y lo acumula”, explicó.

El resultado es una ruta que puede comenzar con una botella abandonada en la calle y terminar, años después, dentro de un organismo marino que forma parte de nuestra alimentación.

Y las imágenes de peces encontrados con plástico en el estómago son apenas la parte visible de una problemática mucho mayor: el animal no solamente puede morir por haber ingerido basura; las partículas que se desprenden de esos residuos también pueden incorporarse a la cadena alimenticia.

Martínez Perea señaló que en los últimos años, distintas investigaciones han identificado microplásticos en diferentes partes y fluidos del cuerpo humano, incluyendo sangre, intestino, estómago y cerebro. También se han reportado hallazgos en otros tejidos y muestras biológicas. “Aún no conocemos cuáles son las consecuencias de la presencia de este microplástico en nuestro cuerpo. Desconocemos completamente todo”, puntualizó.

El especialista incluso mencionó investigaciones que han encontrado una mayor cantidad de microplásticos en cerebros de personas que habían sido diagnosticadas con demencia, en comparación con cerebros sin ese diagnóstico. Aunque precisó que ello no significa que los microplásticos provoquen demencia ya que los estudios solamente plantean una posible relación y sugieren que pudiera existir algún vínculo que deberá investigarse mucho más.

“Estamos incorporando a nuestro organismo partículas cuya presencia apenas comenzamos a comprender. Lo que hoy tiramos, mañana puede estar en nuestra comida. Una botella tirada en un arroyo puede desplazarse con una corriente; los residuos pueden llegar a un río y posteriormente al mar; ahí pueden degradarse y convertirse en microplásticos, ser ingeridos por organismos pequeños y avanzar por toda la cadena alimenticia”.

Asumiendo que “todo está en movimiento”, el biólogo sentenció: “Si yo el día de hoy tiro una botella, tal vez en 10 años llegue a mí en forma de un pescadito”.

Indico que la advertencia no es que cada pescado que llegue a nuestra mesa vaya a estar necesariamente contaminado ni que los microplásticos sean responsables de determinadas enfermedades. La ciencia todavía está tratando de responder esas preguntas. No obstante, es un hecho que “la basura que arrojamos no desaparece. Se transforma, se mueve, entra al agua, llega al océano, puede entrar a los organismos marinos y, eventualmente, regresar a nosotros”, concluyó.

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