A las 12:33 del mediodía del pasado lunes 11 de mayo, una estación meteorológica instalada en Armería registró una sensación térmica de 47.5 grados centígrados. El dato apareció en la pantalla como una cifra roja, pero en las calles, en las casas de lámina y en los patios donde el calor parece quedarse atrapado, esa cifra no se mide con números: se mide con respiraciones agitadas, piel quemada, sudor espeso y noches sin dormir.
En Armería el calor no sólo se siente. También se trabaja.
Desde las 4 de la mañana, cuando todavía la oscuridad alcanza a engañar un poco al cuerpo, Santos Estrada comienza a pelar cocos junto a su familia. Para la 1 de la tarde ya han destapado, limpiado y pelado entre 3 y 4 mil piezas, para su aprovechamiento en distintas formas.
El trabajo ocurre bajo una sombra improvisada donde apenas circula el aire. Ahí, un pequeño ventilador hechizo -cansado también- intenta mover el ambiente caliente como si luchara contra algo imposible.
Sobre la mesa se acumulan cocos abiertos, machetes, agua y sobres de electrolitos que llegan desde el centro de salud.
“Ahora sí se ha alterado más que otros años”, dice Santos mientras hace una pausa corta para beber agua. “Pues hidratarnos, ¿no?, tomar mucha agua y electrolitos (…) para seguir sobreviviendo porque la verdad sí se siente uno ahogarse, con la calor, no puede uno ni dormir”.
Sobrevivir. La palabra aparece natural en la conversación, como si el calor ya no fuera solamente clima, sino una condición permanente de vida.
A unos pasos del área donde trabajan, Doña Yolanda pasa las horas frente al aceite hirviendo. En un pequeño cuarto de lámina fríe tostadas y duros de harina mientras afuera la temperatura sigue subiendo. El techo convierte el espacio en una especie de horno.
“Pues nomás tenemos un ventiladorcito y es el que nos dé tantito aire”, cuenta. “Porque nos bañamos y el calorón… nunca había estado así tan fuerte”.
El ventilador del que habla descansa sobre un sillón lleno de ropa. Es el mismo aparato que acompaña las noches de la familia. En Armería, el calor se mete también en el sueño.
Las paredes guardan la temperatura durante horas y dormir se vuelve una negociación constante con el sudor, el insomnio y la desesperación de esperar que amanezca para que el aire cambie un poco.
Mientras tanto, la Secretaría de Salud del Gobierno de Colima insiste en evitar exposición prolongada al sol y reforzar medidas preventivas. Pero para muchas familias de la costa el sol no es algo que pueda evitarse: es el lugar donde se gana el día. Por eso la gente improvisa sus propias estrategias para resistir la temporada: hielitos, sombrillas, tejuino frío, cubetas con agua, pausas breves bajo la sombra y ventiladores que trabajan más de lo que fueron diseñados para soportar.
Porque en Armería el calor no suspende la rutina.
